Toda tu vida lees cuentos de amor, ves películas, escuchas canciones y todo lo que se te pueda ocurrir. Te dicen tantas cosas del amor pero jamás las entiendes hasta que te pasa. Literalmente un día los cables se juntan y lo entiendes, las estrellas se alinean, el cielo dice "si". Entiendes el porque hay tantas obras de amor, porque la vida para y va a mil kilómetros por hora, porque se vuelve una necesidad, una obsesión, una droga. Te vuelves adicto a lo que te alimenta el alma.
Lo maravilloso de todo es que no lo entiendes, hasta que lo entiendes.
Quizá la mayor facultad que posee nuestra mente sea la capacidad de sobrellevar el dolor. El pensamiento clásico nos enseña las cuatro puertas de la mente, por las que cada uno pasa según sus necesidades. La primera es la puerta del sueño. El sueño nos ofrece un refugio del mundo y de todo su dolor. El sueño marca el paso del tiempo y nos proporciona distancia de las cosas que nos han hecho daño. Cuando una persona resulta herida, suele perder el conocimiento. Y cuando alguien recibe una noticia traumática, suele desvanecerse o desmayarse. Así es como la mente se protege del dolor: pasando por la primera puerta. La segunda es la puerta del olvido. Algunas heridas son demasiado profundas para curarse, o para curarse deprisa. Además, muchos recuerdos son dolorosos, y no hay curación posible. El dicho de que «el tiempo todo lo cura» es falso. El tiempo cura la mayoría de las heridas. El resto están escondidas detrás de esa puerta. La tercera es la puerta de la locura. A veces, la mente recibe un golpe tan brutal que se esconde en la demencia. Puede parecer que eso no sea beneficioso, pero lo es. A veces, la realidad es solo dolor, y para huir de ese dolor, la mente tiene que abandonar la realidad. La última puerta es la de la muerte. El último recurso. Después de morir, nada puede hacernos daño, o eso nos han enseñado.
Cuando yo la conocí tenía 16 años. Fuimos presentados en una fiesta, por un “pibe” que se decía mi amigo. Fue amor a primera vista. Ella me enloquecía. Nuestro amor llegó a un punto, que ya no conseguía vivir sin ella. Pero era un amor prohibido. Mis padres no la aceptaron Fui reprendido en la escuela y pasamos a encontrarnos a escondidas. Pero ahí no aguanté más, quedé loco. Yo la quería, pero no la tenía. Yo no podía permitir que me apartaran de ella. Yo la amaba: choqué el auto, rompí todo dentro de la casa y casi maté a mi hermana. Estaba loco, precisaba de ella. Hoy tengo 39 años; estoy internado en un hospital, soy inútil y voy a morir abandonado por mis padres, amigos y por ella.
¿Su nombre? Cocaína
¡A ella le debo mi amor, mi vida, mi destrucción y mi muerte!
- Freddie Mercury Lo escribiò antes de morir de SIDA.
Las personas creen que a base de insistir, lograrán conseguir lo que se proponen, pero en el amor, suele suceder todo lo contrario: esta actitud agobia y aleja. Es un acto de madurez aprender a aceptar los sentimientos de otra persona por mucho que esa situación te duela. Pero es posible comprender al otro entendiendo que a nadie nos gusta sentir una coacción externa a los deseos internos.
Si alguien te rechaza intenta pensar, simplemente, que no te merece lo suficiente como para tenerte en su vida. Al final, el destino es muy sabio y en más de una ocasión, las cosas pasan por algo. Por suerte, ante el desamor, los sentimientos no son eternos, y por mucho que ahora te parezca imposible, terminarás olvidando a esa persona.
Sigo pensando que los amores no correspondidos son la droga natural más potente de este mundo. Tanto de los que los sienten como de los que no los corresponden… Todos siempre acaban sufriendo, pero vuelven a caer en sus redes… Hay una épica difícil de explicar: se sufre, se intenta, se sufre, se prueba… ¿Que te lleva a desear a alguien con tanto ahínco cuando sabes que no te quiere?” - Albert Espinosa, Brújulas que buscan sonrisas perdidas
Me queda la sensación de que algo me falta, no sé bien si seas tú o más alcohol, así que por si no vuelves, iré a conseguir cerveza, y si vienes, por favor, trae cerveza. Lo sé, yo también odio ese vicio, y en ocasiones, a la cerveza también. - Charles Bukowski