Sé que tiene usted sueños de los que nada me dice. No los quiero conocer. Pero le digo una cosa: ¡Vívalos todos, viva esos sueños, eríjales altares! No es lo perfecto, pero es un camino.
Y comencé a comprender también que el dolor, los desengaños y la melancolía no existen para molestarnos, para sumirnos en un abismo de desasosiego e inutilidad, sino para poner a prueba nuestro temple y madurar nuestro ser.
-Yo te gusto- continuó ella-, por el motivo que ya te he dicho; he roto tu soledad, te he recogido precisamente ante la puerta del infierno y te he despertado de nuevo. Pero quiero de ti más, mucho más. Quiero hacer que te enamores de mí. No, no me contradigas, déjame hablar. Te gusto mucho, de eso me doy cuenta, y tú me estas agradecido, pero enamorado de mí no lo estás. Yo voy a hacer que lo estés...
...¿no educas a tu hijo? ¿No le obligas? ¿No le castigas? ¿No lo golpeas?
- No amigo, no hago nada de esas cosas.
-Ya lo sabía. No le obligas, no le pegas, no le darás órdenes, porque sabes que la dulzura es más fuerte que la dureza, el agua más fuerte que la piedra, el amor más fuerte que la violencia.
Al primer beso sentí que algo se derretía dentro de mí, que me dolía de una manera exquisita. Todos mis anhelos, todos mis sueños y dulces angustias, todos los secretos que durmieron profundamente dentro de mí se despertaron, todo fue transformado y encantado, y todo tenía sentido. - Hermann Hesse
En aquella época encontré un extraño refugio. Por «casualidad», como suele decirse. Pero esas casualidades no existen. Cuando alguien necesita algo con mucha urgencia y lo encuentra, no es la casualidad la que se lo proporciona, sino él mismo. El propio deseo y la propia necesidad conducen a ello.