¡La puta madre! ¡Como me dueles a veces! Y no es que hagas nada para causarme esta pena. No, no es eso. Es que quererte duele adentro, bien adentro en el lado izquierdo de mi pecho. Justo ahí, donde más me faltas, donde revuelvo el tiempo y te encuentro, donde te busco y me pierdo. Y perdona que te lo diga, porque no fue mi intención lastimarte; es que no sé si extraño tus besos, o es que me estoy acostumbrando al dolor de tu recuerdo.
Deseaba con toda mi alma ser bueno; pero era joven, tenía pasiones, y estaba solo, completamente solo, en mi búsqueda del bien. Cada vez que trataba de expresar mis deseos más íntimos, esto es, que quería ser moralmente bueno, no encontraba más que desprecio y burlas; pero cuando me entregaba a las viles pasiones, los demás me elogiaban y alentaban».
Entre los recuerdos que todos conservamos de nosotros mismos, hay algunos que sólo se los contamos a nuestros amigos. Otros, ni siquiera a nuestros amigos. Y existen, en fin, cosas que el hombre no quiere confesarse ni siquiera a sí mismo.