El sufrimiento nos amenaza por tres lados: desde el propio cuerpo que, condenado a la decadencia y a la aniquilación ni siquiera puede prescindir de los signos de alarma que representan el dolor y la angustia; del mundo exterior, capaz de encarnizarse en nosotros con fuerzas destructoras omnipotentes e implacables; por fin, de las relaciones con otros seres humanos. Frente a la magnitud de estos poderes, no nos asombra que el ser humano ya se estime feliz por el mero hecho de haber escapado a la desgracia, o de haber sobrevivido al sufrimiento (…) y que en general, la finalidad de evitar el sufrimiento relegue a segundo plano la de lograr el placer.
Sigmund Freud, El malestar en la Cultura/1930,
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