Amamos nuestra casa, pero vivimos bajo el miedo de perderla. Amamos nuestros padres e hijos, pero tememos su muerte. Amamos nuestra pareja, pero sufrimos por celos. Amamos nuestras mascotas, pero limitamos su aproximación. Amamos nuestros vecinos, pero evitamos la intimidad. Amamos nuestro automóvil, pero tememos asaltos y accidentes. Amamos nuestros amigos, pero no confiamos en ellos totalmente. Amamos nuestro trabajo, pero nos preocupamos con perder el empleo. Amamos nuestras diversiones, pero no soltamos nuestras tensiones. Amamos nuestra escuela, pero nos perturbamos con calificaciones y maestros circunspectos. Amamos nuestra religión, pero creemos en el castigo. Amamos nuestro pasado, pero guardamos rencores y ofensas. Amamos nuestro futuro, pero tememos ver desmoronarse nuestros sueños.
Es así que tan mal vivimos en el momento presente y es solo por temor que dejamos de amar completamente todas las cosas y a tantas personas.
¿No estaría bien vivir como merecemos, dejando de lado los miedos únicamente para ver que sucede?
¿De las heridas que recibiste cuando eras pequeño?, ¿De tus traumas de la infancia?, ¿De lo que alguien más decidió que fueras?, ¿De una relación que no te satisface?, ¿De un trabajo que no disfrutas?, ¿De la rutina de tu vida?
¡Ya libérate! tira ya ese costal que llevas en la espalda en el guardas el resentimiento, el rencor y la culpa. Deja ya de culpar a otros y a tu pasado por lo que no marcha bien en tu vida. Cada día tienes la oportunidad de empezar otra vez. Cada mañana, al abrir los ojos, naces de nuevo, recibes otra oportunidad para cambiar lo que no te gusta y para mejorar tu vida. La responsabilidad es toda tuya. Tu felicidad no depende de tus padres, de tu pareja, de tus amigos, de tu pasado, depende solo de ti.
¿Qué es lo que te tiene paralizado?, ¿El miedo al rechazo?, ¿al éxito?, ¿al fracaso?, ¿al que dirán?, ¿a la crítica?, ¿a cometer errores?, ¿a estar solo?
Rompe ya las cadenas que tu mismo te has impuesto. A lo único que le debes tener miedo es a no ser tú mismo, a dejar pasar tu vida sin hacer lo que quieres, a desaprovechar esta oportunidad de mostrarte a otros, de decir lo que piensas, de compartir lo que tienes. Tú eres parte de la vida y como todos, puedes caminar con la frente en alto. Los errores del pasado ya han sido olvidados y los errores del futuro serán perdonados. Date cuenta de que nadie lleva un registro de tus faltas, solo tú mismo. Ese juez que te reprocha, ese verdugo que te castiga, ese mal amigo que siempre te critica, ¡eres tú mismo! Ya déjate en paz, ya perdónale, sólo tú puedes lograrlo.
Muy pocas veces miro hacia atrás. Pero hoy hago un balance de las cosas, las que quiero y las que no; de las personas que estuvieron, las que valieron y las que no, las que se fueron y las que dejé en el pasado. Hoy también me pregunto quién soy y quién quiero ser. Y en todo ese balance, sin querer entiendo que lo urgente es vivir.
...y que habíamos contemplado juntos el cielo sin nubes del verano. Le habría dicho que Davis y yo no hablábamos mucho, ni siquiera nos mirábamos mucho, pero no importaba, porque contemplábamos juntos el mismo cielo, y quizás eso es mucho más íntimo que el con tacto visual. Cualquiera puede mirarte. Pero muy pocas veces encuentras a alguien que ve el mismo mundo estás que viendo tú.
Últimamente cada vez que salgo es un recordatorio de por qué no parezco encajar: hago la cola en el cajero express y la estudiante de medicina de 21 años se tarda una hora cobrando un cheque, la señora de al lado quejándose del mal servicio del banco con un tono de voz lo suficientemente alto como para que la escuche el centro comercial entero, camino por la calle y la gente se mueve a 0,001 kilómetros por hora, el sol eterno, el calor asfixiante, la viveza, las mentes cerradas y retrógradas, el pana que te limpia el parabrisas sin tu permiso, que ninguna disco se enfoque en la música que te gusta, el carro con placa de neón azul que maneja a la velocidad de la luz mientras reproduce “Ready to Love” de Dyland & Lenny con el bajo distorsionado y que se come la luz roja en el proceso.
Recuerdo cuando era pequeño y me costaba hacer amistades. Creo que esto no se trata solo del país, sino que siempre me he sentido como un forastero. En secundaria tenía pocos amigos porque la mayoría me parecía inmaduro y que no valía la pena mi tiempo. Tenía una profesora que me decía en esa época que era muy maduro para mi edad, y que no se me iba a hacer fácil hasta salir de ahí. Ese sentimiento estaba presente hasta con una parte de mi familia. Casi nunca iba a las reuniones y cuando lo hacía, no estaba cómodo. El escándalo, el vallenato a todo volumen, mi madre invitándome a bailar “Tu lo que quieres que te Coma el Tigre”, los cuentos de cómo mi tío ordeñó su primera vaca en la finca, la historia de la señora que mandó a callar a mi madre mientras iba en un bus hasta Sinamaica y ese tipo de cosas que por mucho que trataba de pretender que estaba interesado en la conversación, desearía que estuviésemos hablando de otras cosas. Pero uno no escoge a su familia, y así como son igual los quiero. Para lo que hago, aquí es difícil salir adelante. Aunque últimamente creo que para cualquier joven recién graduado es casi imposible echar pa’ lante. Tengo la suerte de que cuento con unos padres y una hermana que me han apoyado en todo. Desde que les dije a los 11 años que quería ser director de cine, pensaron que se trataba de una etapa, como cuando quise ser astrónomo, pero con el tiempo se dieron cuenta de que la cosa iba en serio y en vez de obligarme a estudiar medicina, alguna ingeniería o cualquier otra carrera que “diera cobres”, sabían que esa pasión no la podían detener. Cada vez que necesitaba algo para mi cámara o para un rodaje, era otro recordatorio: en mi país no se consigue nada, o si existe, tienes que ir del norte al sur o de estado a estado a ver si encuentras un cable específico que va del micrófono al grabador digital. Cuando viajé por primera vez a Londres y me bajé del bus que me llevó de Gatwick a Westminster, percibí de inmediato una sensación de familiaridad con el lugar. Las largas caminatas de la estación del metro hasta el vagón, el ritmo vertiginoso y frenético de sus habitantes, la forma de vestir, el ambiente opaco del invierno, el orden, la limpieza. Es como si todo ese tiempo la ciudad había estado esperando por mí. Mientras me sentaba en una banca y admiraba el entorno me di cuenta de que estaba llenando un vacío que no sabía que tenía. Una semana después quería convencerme a mí mismo de que solo era la sensación de novedad, pero en el fondo sabía que era algo más profundo que eso, estaba abrumado con sentimientos de pertenencia. Se supone que uno llama “hogar” a su país de nacimiento, y en ese momento sentía que estaba traicionando a Venezuela, ya que mi conexión emocional con el lugar donde nací se estaba empezando a disipar progresivamente. Mientras iba en el tren de regreso al aeropuerto, empecé a sentir tristeza, como si me estuvieran quitando algo que me pertenecía. ¿Qué querrá decir todo esto? ¿De verdad algunos nacemos en el país equivocado? ¿Los nacionalistas entenderán este sentimiento? Esta última pregunta que me hago sí estoy convencido de que es un “no”. Es bueno ser nacionalista, hasta cierto punto. Yo nunca lo he sido, aunque estoy agradecido por todas las cosas que he podido sacar gracias a nuestra idiosincrasia. A mí me gusta contar historias, y en este país se ven tantas cosas que siempre hay material para escribir. Pero hay que tener cuidado con el nacionalismo, a veces no deja ver la realidad. Siempre escucho las frases “el problema no es Venezuela, es la gente”, “no es el país, es el gobierno”, pero después me detengo a pensar ¿qué hace a un país? y la primera respuesta que me viene a la mente es la gente. ¿De qué sirve tener paisajes bonitos y ganar concursos de belleza si la sociedad deja mucho que desear? No todos los venezolanos son así, de eso estoy claro, pero al parecer otra gran parte no tiene cultura y no sé como avanza una sociedad sin ello. “Vete de una vez, el país no te necesita”, estarán pensando algunos. Pero tranquilos, tarde o temprano los dejaré en paz. A pesar de todo, todavía me pregunto si es que yo no encajo en el país o el país no encaja conmigo. - Alejandro Hernández
Si alguien te hizo daño y abusó de ti, si alguien no valoró tu amor, si alguien te hizo llorar y arruinó tus sentimientos. Si por alguien perdiste la fe, si alguien marchitó tus ilusiones y truncó tus sueños, ese alguien no soy yo. No me cargues tu pasado y vuelve a creer porque el amor es tan sagrado que merece mil oportunidades, aunque mil veces lo defrauden.
Echar de menos es un poco como el hambre. Sólo se pasa cuando se come la presencia. Pero, a veces, el echar de menos es tan profundo que la presencia es poco: se quiere absorber a la otra persona entera. Es uno de los sentimientos más urgentes que se tiene en vida
Aprendes por experiencia, no lo sabías, que uno de los resortes principales del ser humano es el ansia de confesión. La búsqueda de un oído, el que sea, no importa cuál. El hambre sensual del desahogo. Verterse en otra mente. Todos somos barítonos. El erotismo de un aliento fortuito. Dos soledades se rozan. El mar ruge en el tiempo.
Pero el amor es siempre nuevo. Independientemente de si amamos una, dos o una docena de veces en nuestra vida, siempre nos enfrentamos a una situación completamente nueva. El amor puede enviarnos al infierno o al paraíso, pero siempre nos lleva a alguna parte.
En el momento en que comenzamos a buscar el amor, el amor comienza a buscarnos. Y para salvarnos.
- Paulo Coelho, Por el río Piedra me senté y lloré