viernes, 3 de febrero de 2017

Un día los hijos se marchan, es ley de vida.


Comienzan valientes y dispuestos a saborear la independencia que tanto esperaban, echando a volar gracias a la construcción que poco a poco han ido realizando de sus alas. Un día los hijos se marchan y dejan el hogar de la familia, es ley de vida.

¿Qué es el Síndrome del Nido Vacío?

El Síndrome del Nido Vacío es una etapa evolutiva que se corresponde con la serie de síntomas físicos y emocionales que se producen cuando los hijos/as se van de casa. Es como una sensación general de soledad que los padres o tutores pueden sentir cuando uno de sus hijos decide abandonar el hogar. No importa si se es hombre o mujer, si se tiene empleo o no fuera de casa, o si hay varios intereses fuera del ámbito familiar, ya que cuando los hijos deciden dirigir su propio vuelo, muchos padres y madres se sienten profundamente tristes.

Los síntomas más frecuentes que suelen aparecer son como ya hemos dicho, la tristeza y la soledad, acompañados de una sensación de vacío, y en algunos casos de inutilidad o incluso de culpa si la relación fue tensa, desembocando a veces en tener dificultad para concentrarse, fatiga o incapacidad para encontrar placer o una preocupación excesiva. Pero claro hay que tener en cuenta que las reacciones no son algo universal, dependiendo en gran parte de la personalidad y situación en la que se encuentra el sujeto, así como de la relación que se ha establecido con la persona que abandona el hogar, por lo tanto los sentimientos y reacciones varían.

Aunque para unos padres resulte satisfactorio cumplir el objetivo que se habían propuesto con sus hijos, y que estos finalmente hayan ido consiguiéndolo gracias también a su esfuerzo, la situación implica de forma simultánea un cambio y proceso de adaptación que todos deben elaborar. Este momento, como tantos otros que se producen en el ciclo de la vida familiar, es de gran importancia para cada miembro involucrado, pudiendo originar una crisis en el equilibrio familiar, ya que las vivencias diarias no se compartirán de la misma manera. Por lo tanto, la familia tendrá que reorganizarse y alcanzar una nueva estabilidad tras el cambio.

Saber soltar y dejar marchar

Es importante tener en cuenta que la relación con los hijos no termina, sino que se vivirá y desarrollará de forma distinta, sin olvidar, que para que una relación se mantenga hay que seguir fomentándola.

Para prevenirlo o amortiguar los posibles síntomas, resulta conveniente ir preparándose gradualmente, dándoles poco a poco mayor autonomía a los hijos, evitando el control excesivo, es decir, estando presentes pero sin que se note, dejándoles enfrentarse a la vida por sí mismos.

Además es importante la aceptación de la situación, y la construcción de un nuevo concepto de vida, observándola como algo dinámico que atraviesa diferentes etapas, así como períodos de crisis. Que los hijos se vayan es un proceso natural. La salida de éstos hacia la construcción de su nuevo modo de vida será por lo tanto un nuevo episodio vital que podrá causar extrañeza al principio, junto a sentimientos de vacío y soledad, pero que no dejará de proporcionarnos crecimiento siempre que queramos avanzar, constituirá un buen momento para llenar la vida de nuevas expectativas.

Tener en cuenta los aspectos positivos que se han acabado y los nuevos que empiezan, será una buena forma para comenzar a llenar ese vacío interior que a veces comienza. Así como una etapa se va, otra llega presentando un gran abanico de oportunidades como el aumento del espacio propio y del tiempo para hacer cosas, la posibilidad de potenciar la vida de pareja, etc. hay que ser creativos y encontrar nuevos desafíos a la vida individual como matrimonial, renovando así nuestro plan de vida.

-Gema Sánchez Cuevas
Psicóloga, docente, editora y redactora.

No hay comentarios: