lunes, 27 de febrero de 2017

Salir del claustro


Durante una década, Pamela González (42) fue monja de claustro, conocida como la hermana María Angélica, y siguió votos de pobreza, castidad y silencio, que solo se rompía con los rezos y lecturas en voz alta. Pero esa vida solitaria y silenciosa, terminó por angustiarla.

“Me empezó a molestar estar encerrada. Quería ver perros, niños, cambiarme de ropa, ir al cine”, dice. En 2002 se enfermó gravemente y tuvo que salir por primera vez del convento para que le sacaran un tumor de 10 centímetros en los ovarios, intervención que, además, la dejó imposibilitada de tener hijos. Un año después se enfermó de nuevo. “Me vino el mal de Crohn y mis intestinos reventaron en sangre”.

Ahí fue cuando se dio cuenta definitivamente que el convento no era su lugar. “Tenía 30 años y sentí que no había hecho nada con mi vida”. Habló con la superiora y le dijo que se iba. Se sacó el hábito y llamó a su papá para que la fuera a buscar. Cuando salió no reconocía las calles y la sorprendió saber que un ataque terrorista había acabado con las Torres
Gemelas dos años antes.

Convertirse en ciudadana fue un proceso difícil. “Me costó aceptar que no tenía la vocación que creía y que tenía que empezar a vivir de nuevo, a vivir de verdad, a buscar trabajo, a pagar cuentas. Tuve crisis de pánico, lloré mucho”. Le chocó escuchar la música de Daddy Yankee, tuvo que aprender a hacer un currículum y a tomar micro. Como antes de entrar al convento había estudiado Pedagogía en Castellano, buscó trabajo como profesora y se fue a enseñar a un colegio en Santa Cruz, un lugar donde nadie la conocía. Después volvió a Santiago. Tomó clases de danza árabe, de ballet, de yoga y un curso para que le enseñaran a maquillarse. Ha tenido parejas, pero, hasta el momento, ninguna ha llenado sus expectativas, aunque no pierde la esperanza de enamorarse.

Hoy lleva 11 años fuera y sigue levantándose al alba, pero no para rezar, sino para llegar a tiempo a la escuela en Quilicura donde enseña a niños en riesgo social. Ahora, el timbre del colegio y las risas de sus alumnos marcan el ritmo de sus días. “Todos tenemos derecho a reinventarnos, a empezar una vida de nuevo, aunque creamos que ya habíamos elegido una”.


No hay comentarios: