domingo, 10 de abril de 2016

Los hombres no lloran, tienen que ser fuertes...


Los hombres no lloran, tienen que ser fuertes para proteger a las mujeres y a los niños. Un hombre que llora es débil o, peor aún, afeminado. Los hombres son fuertes porque no se quiebran por nada. Mantienen la compostura y no se dejan llevar por sus emociones, como las mujeres. Por eso, deben aprender desde pequeños que cuando se caen o se hacen daño no pueden llorar porque eso sólo lo hacen las niñas. Y no se pueden parecer a las niñas porque ellas son débiles y cursis.

Este tipo de ideas aún subyace en la vida y en el comportamiento de algunas personas y, de manera deseada o no, siguen actuando de tal forma. A lo largo del tiempo, los hombres han sido educados en la negación y en la represión de sus emociones. Se les ha inculcado que los sentimientos y emociones que experimentamos de manera automática ante determinados acontecimientos o situaciones son vergonzosos y no se deben mostrar porque es motivo de mofa y rechazo. Tradicionalmente se ha asumido que los afectos son sólo cosa de mujeres y son ellas las únicas que pueden mostrar este tipo de reacciones.

La falta de reconocimiento de que los hombres puedan experimentar emociones es un derecho que se niega. La obligación de no mostrar los sentimientos hace que se corte la comunicación con quienes están alrededor y con uno mismo. Anular una parte importante de la propia persona por vergüenza y por creer que es inadecuado provoca auto-recriminaciones cada vez que aparece, con su consecuente sufrimiento. Sin embargo, es algo imposible de parar y sólo quienes padecen alexitimia son capaces de mantener las emociones “en silencio”.

Ese dogma que se inculcó en los hombres se transmitió generación tras generación y marcó una brecha entre hombres y mujeres. Expresar emociones para un hombre era negativo y humillante porque sólo lo hacían las mujeres. Por tanto, parecerse a una mujer también era humillante. Y de ahí a pensar que ser una mujer también era algo malo era una deducción fácil de encajar en esa doctrina machista.

Entre la amenaza de la humillación y el enaltecimiento de la valentía mostrada en la fuerza muchos niños se convirtieron en hombres adultos incapaces de mostrar su lado sensible. Más aún, algunos aprendieron a expresar solamente ira, agresividad, fuerza y sometimiento, dejando de lado la empatía. La represión de las emociones negativas puede hacer que no se canalicen bien y que las personas pierdan los papeles o que se comporten de una forma que no se corresponde con lo que están sintiendo en ese momento. Un ejemplo muy común es mostrar enfado cuando se está triste o despreciar las muestras de cariño de otras personas por no parecer un blando.

Así es que en la actualidad nos preguntamos si hombres y mujeres sentimos diferente. En realidad, lo que cambia es la manera en la que aprendimos a expresarnos. Por eso, algunos hombres permanecen callados y no quieren a nadie alrededor cuando están tensos o estresados. Procuran calmarse por su cuenta sin dar explicaciones y, cuando alguien les pregunta, se puede encontrar con una mala contestación.

Este hecho también se refleja en las relaciones de pareja en las que los hombres son más reacios a expresar sus emociones bien escudándose en que son cursilerías o bien, que la pareja ya sabe lo que siente. Si la discrepancia entre los dos miembros de la pareja en cuanto a este ámbito es muy grande puede acabar siendo un punto débil de la relación ya que se instala una barrera en la comunicación que, si no se rompe, puede originar problemas de inseguridad, desconfianza, celos, etc.

Desde luego que todos, independientemente del género, tenemos una manera de expresarnos y podemos ser más reservados o más comunicativos. Nuestra personalidad depende de nuestros genes pero, sobre todo, de lo que hemos aprendido desde que nacimos. Por suerte, la capacidad de aprender no se pierde nunca y siempre estamos a tiempo de darle un nuevo enfoque a nuestra forma de sentir y de expresarnos que sea más adecuada y que nos permita vivir de una manera más satisfactoria.

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Si un amor ardiente se nos marcha de repente 
Nace la llama de un dolor sentimental 
Quien me ve llorando 
Notará que estoy amando 
Pues de verdad 
Yo también soy sentimental 

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